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Clásicos que no deben verse de niños ni de adolescentes 26/02/2014
Un artículo de El Despotricador Cinéfilo


Referencias externas cineastas:

Francis Ford Coppola

Alfred Hitchcock

James Stewart

Kim Novak

John Wayne

John Ford

Orson Welles

Antonio Plaza
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Todo aquel que me conoce sabe muy bien que mi admiración por la magistral El padrino II me ha llevado a pontificar más de una vez que es la Mejor Película de La Historia del Cine y que el cine jamás podrá dar otra Obra Maestra tan sublime. Pero no siempre mi opinión fue tan laudatoria sobre ella. La primera vez que vi esta inmortal obra de Coppola tenía unos 18 años. Me acuerdo perfectamente que, aprovechando que estaba en Madrid y la reponían en unos cines, me acerqué ilusionado a verla con muchas expectativas por la gran fama que tenía (además, al mes siguiente estrenaban en los cines “El padrino III” y quería estar al tanto de lo pasaba en la segunda parte). Pues bien, mis expectativas adolescentes se fueron apagando poco a poco y desilusionándome hasta llegar a pensar abruptamente: “uff, qué coñazo de película, qué rollazo, con lo entretenida que es El padrino cómo puede ser tan aburrida ésta”. Excusa decir, que pocos años después ya en la Universidad, y contagiado por la fiebre cinéfila que desde siempre ha tenido mi amigo Antonio Plaza por esta célebre trilogía me animé a verla de nuevo. El enamoramiento fue inmediato, brutal, visceral. Nada que ver con lo aburrida y soporífera que me pareció dos años atrás y desde entonces cualquier elogio me parece poco para una de las películas más importantes de la historia del cine.

Por tanto yo aconsejo siempre a los jóvenes cinéfilos que si una película se ve de niño o adolescente y no gusta, se le den más oportunidades en el futuro, porque muchas veces el problema no es del film, sino de los ojos inmaduros que lo miran. Por supuesto El padrino II no es un caso aislado. Otro caso muy significativo para mí fue de niño ver Vertigo. A esas alturas ya llevaba yo muchas películas de Hitchcock a mis espaldas y me gustaba muchísimo, me entretenía un montón y las disfrutaba puerilmente. Por eso Vértigo fue un trauma y un aburrimiento total para mí, inconcebible lo lenta y pausada que era. Me acuerdo que no hacía más que desear ingenua e inocentemente: “qué avance más rápido, qué vaya más rápido, que pase algo, que haya más intriga, más acción”, y no asimilaba ese obsesivo, tormentoso y arrebatador amor macabro de James Stewart por Kim Novak en una supuesta película de suspense. Excusa decir que, hoy en día, para mí Vértigo es una de las Obras Maestras más incuestionables de su genial autor.

Y si hablamos de Obras Maestras incuestionables nunca olvidaré la tremenda desazón que me supuso de niño la emblemática Centauros del desierto. Para mí fue un mazazo cinéfilo incomprensible pues mi mente infantil solo asociaba a John Wayne con películas vigorosas, heroicas, vibrantes y entretenidas. Ese lirismo, amargura, tristeza, racismo, desesperanza y aflicción que destila esta obra de Ford no me cuadraba para nada con todo lo que había visto antes en los western. Y no solo es que no me gustase, es que incluso me agobió, me desagrado y me molestó que un héroe intachable, perfecto e intocable para mí como Wayne fuese tan cruel, antipático y déspota. Excusa decir, nuevamente, que para mí ahora mismo Centauros del desierto me parece una de las más altas cumbres que se alcanzarán jamás en la cinematografía.

Existen muchos ejemplo más (por ejemplo, toda la filmografía completa de Orson Welles, exceptuando Ciudadano Kane, jamás debería verse de niño o adolescente por lo incomprensible, grotesca y absurda que puede llegar a ser). Por tanto, se podría establecer un cierto paralelismo entre lo que una vez dijo el gran Arguiñano acerca de que la causa de lo estropajoso que puede resultar un guiso con bonito del norte no es culpa del pobre bicho, sino de quién lo cocina. Extrapolado a nuestro ámbito cinéfilo significa que no dejemos que un visionado a una edad inapropiada nos haga cogerle tirria y antipatía a determinados clásicos, no es culpa de la película, sino de los ojos inmaduros que la ve.

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