Hace ya bastantes años me enfrasqué en una conversación (¿o acaso fue una discusión?) con un amigo que no acababa de entender cómo podía tener tantísima audiencia las películas que echaban en el inefable programa "Cine de barrio". Todas las películas que emitían eran lo peor de lo peor, los ejemplos más humillantes de “españoladas” y un cine de una bajísima calidad, justamente denostado por todo aquel que ame el buen cine. Sin embargo eso no era motivo para que todas ellas tuviesen unos magníficos índices de audiencia.

Y ya por aquel entonces, a pesar de mi gran juventud, tenía clarísima la respuesta, pues no hacía falta ver muchas de esas "españoladas" para saber cuál es el secreto de su éxito imperecedero: los excelentes actores que salen en ellas.

Si algo demuestra el cine es que con unos buenos cómicos (y este país está sobrado de ellos, o al menos lo estaba) se puede salvar cualquier película, aunque su guión sea chabacano, vulgar o estúpido. Da igual, lo que divierte a la gente son los actores, verlos actuar, verlos repetir (por enésima vez) el mismo numerito de siempre y, sobre todo, que nuevamente les hagan desternillarse sin parar.

Por eso dichas películas se pueden ver una y otra vez hasta la extenuación, ya que son tan banales y simplonas que resultan muy efectivas, divierten sin parar, lo de menos es el argumento (muchas de ellas ni lo tienen), pero ¿quién puede resistirse a echarse unas carcajadas con López Vázquez, Landa, Fernan-Gómez, Paco Martínez Soria, Tony Leblanc o Pepe Sacristán? Por supuesto que los auténticos cinéfilos huyen despavoridos de este tipo de cine (y yo el primero), pero es un cine sano y necesario para que la gente se ría y pase un rato divertido.

Por ello, es sintomático que cada vez que fallece alguna figura representativa de este tipo de cine (Antonio Ozores es un caso reciente) a la gente le afecte, le apene, porque en el fondo lo que más agradecen los seres humanos es que, en algún momento, les hayan hecho reír. Cuando un cómico te hace reír se convierte en alguien cercano, entrañable y se le quiere, y más si se tiene tantísimo talento.

¿O es que acaso alguien duda a estas alturas de que si todo esos actorazos hubiesen nacido en Estados Unidos no hubiesen ganado el Oscar?, y bueno, si hablamos ya de pesos pesados como López Vázquez, Landa o Pepe Isbert entonces no hay suficientes Oscars en el mundo para recompensar su inmenso talento. Su desgracia fue nacer en un país en donde para sobrevivir, lamentablemente, había que hacer “españoladas”. Por tanto, si la única manera de disfrutar de su gran talento es con dichas “españoladas” pues bienvenidas sean.

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