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Hunters (2020) 06/03/2020
Una crítica de Francisco Rodríguez Criado


Hunters: Cuando Al Pacino no es suficiente

No cabe duda: estamos viviendo la época dorada de las series televisivas. Podemos decir, sin miedo a exagerar, que el mejor cine de hoy lo estamos disfrutando no en las grandes pantallas, sino en las pequeñas, sean la Tablet, el ordenador o el televisor del salón.




Por eso sorprende que algunos de los grandes actores clásicos aún en activo no estén aportando su granito de arena al boom de las series televisivas. Estoy pensando, por ejemplo, en Al Pacino, a quien no podemos asociar a ninguna de las grandes series emitidas en los últimos diez años. (Su última participación en una serie fue en 2003, en Angels in America, ganadora del Globo de Oro y el Emmy a la mejor miniserie del año).

Desde Angels in America han pasado, pues, diecisiete años. Diecisiete años dan para mucho. Por ejemplo, dan para The Wire, Los Soprano, Mad Men, True Detective, Breaking Bad, Chernóbyl, Narcos, Los Tudor, Making a Murderer e incluso The Night of (una serie en la que Al Pacino se hubiera movido a sus anchas).

Parece como si Al Pacino, uno de los actores estadounidenses más aplaudidos por la crítica y el público, estuviera condenado al cine de gran pantalla. No hay más que ver la diferencia entre la película El irlandés (Martin Scorsese, 2019) y Hunters (David Weil, febrero de 2020), serie que acaba de emitir Amazon Prime Video hace unos días.

Me consta que El irlandés tiene bastantes detractores, pero basta ver cinco minutos de la cinta (cualesquiera, lo mismo da) para comprender que estamos ante un cine de primera.

Nada que ver con Hunters, una serie articulada en diez capítulos en los que Al Pacino, a la manera del Leo Messi en un Barça en horas bajas, se afana en hacer todo lo posible por salvar los muebles de un proyecto que carece de brújula.

¿Y qué es Hunters?

Pues no lo sé exactamente. Y, después de dedicarle toda la atención durante diez capítulos, dudo mucho que los propios creadores de la serie lo sepan. Aun así, la trama es sencilla de explicar: un grupo de habilidosos combatientes (varios de ellos judíos) se afanan en dar caza a los nazis que consiguieron rehacer sus vidas después de la Segunda Guerra Mundial haciéndose pasar por ciudadanos ejemplares. Esto ya lo hizo en la realidad el famoso cazador de nazis Simon Wiesenthal (1908-2005), pero este, al contrario de los personajes de Hunters, se encargaba de entregar sus cautivos a la justicia.

Inspirada en la Operación Paperclip y ambientada en los años 70 del pasado siglo, este grupo de cazadores de nazis intenta dignificar con sus acciones la memoria de los millones de judíos masacrados en los campos de exterminio alemanes durante la Segunda Guerra Mundial, y lo hacen trabajando con los mejores medios del momento gracias a la cobertura que les da el millonario Meyer Offerman (Al Pacino), un expresidiario de un campo de exterminio alemán que quiere hacer las paces con su pasado. La caza, más allá de su espíritu de vendetta, servirá también para evitar la reorganización de los nazis, que están a punto de gestar el Cuarto Reich en suelo estadounidense.

Interesante, ¿verdad? Cualquiera que vea los primeros minutos del primer capítulo (de hora y media de duración) pensará que está ante una gran serie. No es así. Las promesas del inicio van siendo incumplidas, poco a poco, ante la falta de claridad de una propuesta que camina en demasiadas direcciones y que tiene algunos giros difíciles de defender. Hunters quiere abarcarlo todo. Pretende ser un thriller, una serie de espionaje, posmoderna e iconoclasta a la manera de Tarantino, un dramón, un documental histórico… Pero son tantos los elementos que introduce en el coctel que este acaba agriándose.

El multicultural grupo de cazadores está compuesto por una monja, un actor en declive, una negra con estética Harlem, un matrimonio mayor tradicional, un guerrillero coreano y un joven aficionado a los cómics (Logan Lerman), cuya abuela ha sido asesinada recientemente en su propia casa.

Toda esta iconografía pop, secundada con rótulos ochenteros, colores saturados y música disco, aderezada con numerosas alusiones a los superhéroes de cómics, contrasta con momentos de sentimentalismo moña sin la menor ambición artística, propios de series B.

Intuyo que el tema, el holocausto nazi, terminó por ser una bomba de relojería en mano de los creadores de la serie, los cuales no se han atrevido a llevar a cabo una propuesta más atrevida por miedo a herir sensibilidades. (No olvidemos que algunos de los antepasados de Weil perecieron en los campos nazis). Así que Hunters pretende ser unas veces Malditos bastardos y otras, La lista de Schindler.

Con todo esto, Hunters se antoja un Frankenstein cinematográfico. No es realista, ni vanguardista ni documentalista ni emotiva. No es humorística ni dramática. No es carne ni es pescado, por mucho que aspire a ello. Es simplemente una serie entretenida que demuestra que la presencia de Al Pacino como cabeza de cartel, una trama atractiva y ciertos momentos logrados no son suficientes para destacar en un momento en el que las series televisivas han puesto el nivel tan alto.

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