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La gran belleza (2013) 26/07/2016
Una crítica de Altaica

Año: 2013   Guión: Paolo Sorrentino, Umberto Contarello   Música: Lele Marchitelli   Fotografía: Luca Bigazzi   Título original: La grande bellezza
Intérpretes:

Referencias externas cineastas:

Federico Fellini

Tod Browning

Terry Gilliam

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¿Cuáles son los motivos por los que "La gran belleza" es una obra maestra sin paliativos ? No hay que escribir, por obvio, que hablo en primera persona al catalogarla como uno de los milagros más complejos que he podido ver en décadas a nivel cinematográfico. Y sí, podemos intuir muchas influencias ya suficientemente comentadas en numerosas críticas, tanto cinematográficas, literarias o simbólicas. Influencias que en nada desmerecen a la obra que nos ocupa, pues es un claro ejemplo de libertad absoluta creadora, con todo lo que ello pude suponer de adhesión o incomprensión.




Un circo que supera al felliniano y que desde la acracia narrativa y la más brutal ironía se atreve a yuxtaponer la belleza y el ridículo, es decir, volver a representar el teatro de la vida, si bien esta vez despedazándola sin piedad. Fiesta pagana que desde la frivolidad afronta el fracaso, desde la vida reflexiona sobre el dolor, la muerte, la amistad, el mito o el paso del tiempo. También el arte, el vacío y la nada, siempre la nada. Lo viejo y lo nuevo, el supermercado de la toxina botulítica repleto de hijos híbridos de Browning y Gilliam y…, tantas cosas…, ahora sí clásicas, también.

Simbología y ausencia de esquemas narrativos lógicos, pero profundamente lógicos para lo que nos quiere contar y cómo nos lo quiere contar. Todo al servicio de un terrorífico duelo entre la necesidad de lo liviano o superficial y cierta esencia con altas dosis de decadencia. Sin tomándosela demasiado en serio, sí la vida, para seguidamente volver a una espiral afortuna o desafortunadamente siempre repetida.

Un dios idólatra bien vestido y con un puñado de escasas conclusiones vitales - ya en continua contradicción vital - que, desde el fracaso y sintiéndose un perdedor, pasea su pose, sus miserias, sus grandezas, sus carencias, su esperpento… Un viaje siempre relativo, hueco a veces y abisal otras, pero donde el miedo jamás deja de estar presente. Un fracaso continuo, donde los jirones no dejan ver el asfalto, si bien podemos pensar que ya da igual pues todo es una danza atrabiliaria, un gran truco de magia a modo de funeral mundano pues a fin de cuentas "durante los próximos días, cuando sientas el vacío, que sepas que puedes contar conmigo". Sarcasmo acompañado de lágrimas falsas, de amigos inventados, de todos aquellos que jamás cuidarán de nadie, que proclaman fidelidad invertida, que tras la muerte de la amada juran amañada veneración… Solo nos queda la nostalgia a aquellos que no tenemos futuro, esto es, a todos, a la fauna desilusionada, simbólicas jirafas que aparecen y desaparecen, enanos y gigantes que hablan y hablan, el ruido, los silencios, los sentimientos, los autoengaños, el truco de la vida.

Brutal, inteligentísima, arriesgada, desmedida, libre… Una brutal obra maestra que como se ha dicho pone a nuestros pies la vida desnuda y sucia en el fondo y hermosísima en la forma, ¿o no? quien sabe..

La gran ventaja de esta obra y el enorme acierto de Sorrentino es que se derrama, se abre en canal, es valiente hasta la extenuación y, en realidad, el envoltorio dice mucho menos que lo que envuelve, si bien lo utiliza a veces desde el esperpento o circo, desde la desmesura, para en otros momentos (a modo de magistral ambigüedad) ser reflejo de la calma y el tempo. Insisto, la palabra que mejor define a "La gran belleza", es INTELIGENCIA, y ¿cuál es el motivo? Estamos ante un viaje existencial, ante una continua paradoja, ante la vida, la intuición de un final sin equipaje moral, ante el desencanto, lo tragicómico, la ironía del que la usa como falsario escudo, ante el esperpento, lo grotesco, la tristeza, los impostores y la impostura, la frivolidad, lo auténtico y lo epidérmico, lo clásico y lo moderno, las mentiras y las fragilidades, el carnaval humano, los dioses de piedra y los paganos, las creencias religiosas en sus dos máscaras, la oquedad, el descenso a los infiernos, la decrepitud y su prólogo para un epílogo, la hipocresía, lo mundano y lo divino, lo lírico y la mezquindad, la ruindad y lo trivial, la búsqueda de la esencia perdida, la búsqueda de aquellos tiempos en los que la ironía no lo había prostituido todo, el retrato crepuscular, el hastío y el cansancio, la melancolía, la prisión de la impostura que ni un marino techo imaginario puede fundir las rejas, el continuo simulacro, la nada como equipaje de vida, el proceso interior, la decepción y la indolencia, lo deprimente, la lucidez amarga, el exceso, una pintura contemplativa o impresionista, la enajenación social, las miserias de la fauna humana, el surrealismo simbólico, el destierro, el fracaso, el desarraigo, siempre la soledad, lo chabacano y lo distinguido, de lo sacro a lo seglar, lo sarcástico, de lo frívolo a lo trascendente, de las raíces como alimento prístino y esencial a las suculentas viandas (metáfora coquinaria que es un símil moral), de la honestidad a la inmundicia, del falso exorcista a la santidad, de la belleza a la fealdad más repugnante, de la sinceridad como mecanismo de soberbia que oculta un terrorífico vacío interior, del deseo a la comprensión, de la vulgaridad y enajenación frívola del llamado arte moderno, de la solidez dramática en el discurso siempre ambiguo y sin dogmatismo, perdonando siempre y mostrando tan solo… No hay elevación, sublimación, afectación, solemnidad, pianos o amaneramiento... No pretende la trascendencia pero trasciende infinitamente. Hasta la santidad la viste en contraposición estética de fealdad más terrible, de ridículas piernas que no llegan al suelo, de zapatillas que al caer rompen el falso boato que ella no desea, de ronquidos al dormir en el suelo… nada queda solemnizado en exceso con el objeto de solemnizarlo de verdad. Puro dualismo sin discurso, solo reflexión y paseo. La ironía de llamar a la persona que más lo conoce y con la que más se sincera él mismo, la “impostora”, cuando es la notaria de su vida. Un retrato humano formidable, inteligentemente girado, torcido… ¿Hemos progresado?, ¿somos en esencia contradictorios?, ¿es la trascendencia el camino o, por el contrario, es lo mundano?, ¿son incompatibles?, ¿somos sinceros con nosotros mismos?, ¿la sinceridad para con otros esconde una actitud soberbia pues hay juicio?, ¿podemos juzgar?, ¿qué queda cuando las luces se apagan y la decrepitud asoma?, ¿supimos elegir la bifurcación correcta en el camino de la vida?, ¿acaso hubo opciones?, ¿solo podemos valorar lo que añoramos?, ¿lo imperecedero se impone a lo efímero?, ¿somos una sociedad embalsamada incapaz de apreciar ya la belleza?, ¿estamos nuevamente en aquella puta Roma?, ¿es nuestro mundo hoy banal y hueco?, ¿cuántos de nosotros podemos mirar atrás como Gambardella y ver la mochila medianamente llena?, ¿el paso del tiempo nos hace irónicos para sobrevivir?, ¿qué recordamos del sexo, una caricia o la gimnasia?, ¿somos un zoológico ambulante?, ¿es la primera vez sublime o solo un recuerdo gracioso?, ¿dónde quedaron los principios?, ¿es esta película un fresco de la decadencia?, ¿es esta película una mirada irónica a modo de tratado social?, ¿es esta película una introspección personal desoladora y descarnada?, ¿es solo una mirada cuando paseamos?

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