La decadencia absoluta de los Oscars
15/03/2023
Un artículo de El Despotricador Cinéfilo
Referencias externas cineastas:

Cate Blanchett

Michelle Yeoh

Steven Spielberg
La primera entrega de los Oscars que vi en directo por televisión fue siendo casi un niño, concretamente los Oscars del 86 (el año de Platoon o Hannah y sus hermanas). Quedé tan deslumbrado, que la noche de los Oscars de cada año ha sido el momento más emocionante para mí de todo el año. No era solo cosa mía, siempre se estimaba que en esos años (finales de los 80 y principios de los 90) la audiencia de los Oscars alcanzaba más de 1000 millones de espectadores en todo el mundo, y se retransmitía a más de 180 países. Era un acontecimiento mundial, probablemente el evento más magno del año, no sólo para los cinéfilos, sino para cualquiera.
Yo mismo, entusiasmado, hacía esos años quinielas con mucha gente en todas las categorías, y dábamos premios al que tuviera más aciertos en la quiniela (en mis años de Universidad recuerdo que llegamos a votar hasta 42 personas). Y cuando ya llegaba la ansiada noche, casi no podía ni dormir los días previos de lo nervioso y apasionado que estaba. En parte era lógico. En una era en la que no existía Internet, la única forma de ver a las estrellas y a tus cineastas favoritos fuera de la pantalla, todas juntas, era en los Oscars, y solo una vez al año. Por eso era tan especial.
Junto con mi gran amigo Antonio, durante muchísimos años hemos disfrutado juntos muchas galas de los Oscars y nos hemos emocionado, entusiasmado y excitado con ello. Qué pena que algo tan bueno lo hayan dejado destrozar de tal manera en los últimos años hasta convertirlo en la vergüenza que es hoy en día.
No sé ni por dónde empezar a comentar la última gala, de lo asqueado que estoy, pues si ya llevo unos 5 años aborreciendo los Oscars, lo de este año ha sido ya la puntilla al poco respeto que les tenía. No me extraña que su audiencia hoy en día no sea ni un 1 % de lo que llegó a tener en sus mejores momentos. ¿Por qué? Pues porque antes los premios de la Academia premiaban la excelencia, la calidad suprema y la eficiencia, y ganar una estatuilla tenía un prestigio brutal para el afortunado, pues era un grande entre grandes. La impronta del Oscar solo la tenían aquellos cineastas (sea de la rama o categoría que sean) más geniales en lo suyo. Insisto, se premiaba la excelencia y al mejor de lo mejor (solo hay que ver el palmarés de sus primeros 80 o 90 años para comprobar el montón de obras maestras premiadas que han pasado con justicia a la antología de la historia del cine).
Todo eso ha cambiado desde hace 5 o 6 años (quizás más). Ya no se premia la calidad ni prima la objetividad, sino que los premios están totalmente politizados y solo se premia a films muy mediocres para cubrir ciertas cuotas de grupos minoritarios, ya sean por discapacidad (sordos, tuertos, ciegos, cojos, retraso mental, enfermos renales, etcétera), raciales (ante todo premiar a negros, asiáticos, magrebíes, latinos o esquimales si fuera necesario), de sexo (ante todo premiar en cualquier categoría a una mujer aunque su trabajo profesional sea en algunos casos mediocre y muy inferior al de sus colegas masculinos nominados) y sobre todo premiar colectivos minoritarios como gays, trans o lo que se les ocurra.
Resultado de todo esto: no son premios a la sublimidad de los trabajos, sino solo para cubrir cuotas de personas para que todos los colectivos y tipos de personas sean premiadas sea cual sea la calidad de su trabajo. ¿Qué se consigue con esto? Pues que el cine salga perdiendo. Con estos premios no se apoyará ni se dará a conocer el mejor cine.
Llevo ya muchos años cabreado con esto, pero este año, con el triunfo de esa absoluta nimiedad y memez de película (Todo a la vez en todas partes), recompensada además a tres de sus actores solo por poner caretos y hacer el gilipollas (porque eso no es actuar), se corrobora lo que acabo de decir: hay que premiar a los chinos este año porque es lo que toca en la cuota de ahora (el año que viene le tocará a los somalíes o a los mongoles). Fragante sobre todo el caso de Cate Blanchett en la que es posiblemente la mejor interpretación de una actriz en los últimos 20 años. Pues bien, la estatuilla se la lleva Michelle Yeoh simplemente por ser china. Solo por eso. No sea que a la acomplejada Academia la acusen de racista si se lo dan a una blanca. Qué vergüenza.
Por no hablar del nuevo desprecio al maestro Spielberg (23 Nominaciones ya al Oscar en toda su carrera, brutal récord para el mejor y más grande director que ha dado el cine en los últimos 50 años) y nuevamente ninguneado ganado por mediocres, payasos y gente sin talento. En fin, eso me da igual, porque el tiempo y la historia pone a todo el mundo en su sitio y dentro de 300 años Spielberg seguirá siendo en los libros de historia el más grande de todos.
Y otra cosa ya para terminar, antes cuando había una standing ovation (una ovación de aplausos, todos de pie), estaba sólo reservada para logros realmente excepcionales y había como máximo una o ninguna en toda la ceremonia. Era algo muy exclusivo de los que realmente lo merecían. Tenía su sentido y su lógica. Era un momento sublime cuando se producía. Ahora en los Oscars en los últimos años, gane quien gane (sea la categoría que sea, aunque sea maquillaje o técnico de sonido), se ponen como locos todos de pie a aplaudir como monos viscerales e histéricos, y no digamos ya si es un premio a una de esas cuotas de minorías que hay que premiar porque sí. Qué manera de profanar algo tan digno, bonito y necesario como es el cine.
A mí todo esto me duele. Mi amigo Antonio sabe lo mucho que he amado yo los Oscars y lo importante que eran para mí, pero lo de ahora es todo menos amor al cine. Y si la Academia ya no ama al cine, desde luego ya no tienen sentido para mí. Han perdido todo su interés, todo su prestigio y todo lo que le hacía realmente grande y especial.
